La Iglesia necesita numerosos y santos sacerdotes que pastoreen el rebaño del Buen Pastor en su nombre, que unan a los hombres con Dios a través de los Sacramentos, que entreguen su vida para la gloria de Dios y vida de las almas. “Si sientes la llamada de Dios que te invita a seguirle, ¡no la acalles!” (Juan Pablo II en Cuatro Vientos, mayo de 2003). Si tienes crees que el sacerdocio puede ser tu vocación, no dudes en contactar con los sacerdotes o consagrados de la parroquia o bien escríbenos un e-mail para que nos pongamos en contacto contigo.¡Jesús sigue llamando!… ¿Y si te llama a ti?

 

La Ordenación Sacerdotal en el Magisterio de la Iglesia
 

«Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir».

Código de Derecho Canónico, c. 1008
 

«La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama “sacerdocio común de los fieles”. A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea es servir en nombre y en la representación de Cristo-Cabeza en medio de la comunidad».

Catecismo de la Iglesia Católica, 1591

 

La Ordenación en los escritos de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 

«¡Ay sacerdote, sacerdote…! ¿Qué te hizo Dios al ungirte sacerdote…? Ya sé que no lo pensaste mucho el día de tu ordenación.

Pero ahora yo te digo: ¡mira que eres sacerdote de Cristo…! Hijo mío, sé pequeño. ¡Por amor de Dios!, sé pequeño para que, ante tu pequeñez, el Amor infinito se complazca.

¡Te veo tan pequeño…, tan nada…!, ¡y eres tan sublime ante el acatamiento de la Trinidad…! Responde como puedas, arrójate en tierra, adora, llora, ¡muérete, si no sabes cómo responder! ¡Qué terrible es ser sacerdote…! ¡Pobrecito…!

Responde, hijo mío, siendo pequeño. Arrójate en brazos de la Santidad infinita, adórala. Besa ese punto del engendrar divino, que todas las mañanas se abre para ti en la consagración.

Eres tú, sacerdote de Cristo, el llamado por vocación divina a entrar en este Sancta Sanctórum de la Trinidad. Eres tú el que tienes que meterte dentro del seno de la Trinidad y besar ese instante-instante de engendrar el Padre a su Verbo para ti, besando con el Espíritu Santo a ese mismo Verbo que sale presuroso ante tu palabra.

Anda, sacerdote de Cristo; ante la terribilidad terrible de este gran misterio, arrójate en brazos de tu Padre Dios, y, lleno de confianza, espera, confía en el amor infinito que la Trinidad te tiene.

Dios no te hizo sacerdote para condenarte, no; sino para que le glorificaras y para salvar a las almas por tu medio.

Tienes en tus manos al Dios terrible de majestad soberana, y tienes en tus manos la salvación del género humano».

El gran Momento de la Consagración, Opúsculo nº 6, pp. 15-16
Colección: “Luz en la noche – El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”